Etnografia
Entre el barro, el
miedo y el aprendizaje: una experiencia que transformó mi forma de ver el mundo
En mi clase de
Investigación Social he aprendido que hay que ver más allá de lo que ven
nuestros ojos, y también explorar y experimentar cosas nuevas que nos aporten
aprendizaje, conocimiento y experiencias significativas. Cuando el profesor
Cobos habló acerca de nuestro proyecto para realizar la etnografía un tema que
nos sacara de nuestra zona de confort, pensé en muchas cosas interesantes que
llamaban mi atención, pero también quería arriesgarme a hacer algo
completamente nuevo.
Desde que el profesor
Cobos habló sobre este trabajo, comencé a averiguar diferentes alternativas:
acompañar a un celador en su jornada laboral, o incluso ir a un lugar de
strippers. Lo sé, suena loco, pero quería experimentar. No me considero una
persona extrovertida al inicio; por el contrario, suelo verme como alguien más
introvertida. Sin embargo, las personas que me conocen bien saben que también
soy dedicada, responsable, juiciosa y enfocada. Pero, si vemos la otra parte de
mí, me encanta salir a bailar, divertirme, experimentar lugares nuevos y tengo
una risa demasiado contagiosa, aunque eso solo lo saben mis amigos más
cercanos.
Esa idea incluso pasó
seriamente por mi cabeza. Estaba dispuesta a ir con mis amigas, las que viven
en Ubaté, pero decidí que esa experiencia podía vivirse en otra oportunidad, no
en este momento.
También consideré ir a
un refugio de animales. La verdad, soy muy animalista; me encantan los perros y
ayudarlos es una de las cosas que quiero hacer en el futuro. Sin embargo, caí
en cuenta de que ya había ido varias veces a este tipo de lugares, y la idea de
la investigación era precisamente ir a un espacio desconocido, experimentar
algo nuevo y retarme a mí misma. Eso, para mí, es un verdadero desafío, pero
también algo que me motiva, porque probar cosas nuevas es parte de la vida.
En ese momento me hice
una pregunta clave que empezó a guiar toda mi decisión: ¿De qué sirve
investigar si no me reta realmente como persona?
La idea es intentar,
incluso cuando hay miedo, para que en algún momento podamos sentirnos
orgullosos de haber vivido sin arrepentimientos. Durante varios días estuve
pensando en a qué podía dedicar mi proyecto. Finalmente, decidí ir a vivir la
experiencia de las personas que trabajan en una finca: cómo es su día a día y
qué realizan durante toda una jornada.
Esta idea surgió
gracias a mi pareja, Duván. Él actualmente trabaja en una finca ubicada en
Tenjo para poder costear sus estudios y construir un mejor futuro. Él sabe que
una de las cosas que más me disgustan es ensuciarme, por lo que me propuso que,
si realmente quería salir de mi zona de confort, debía ir a la finca donde él
trabaja y vivir la experiencia completa.
Al inicio lo dudé. No
tenía ningún tipo de experiencia en animales, ni en ganadería, ni en trabajo de
campo. Sin embargo, algo que me apasiona profundamente es estar con animales,
así que decidí aceptar el reto.
Lo que no imaginaba
era todo lo que iba a vivir durante esos tres días. Porque sí, me quedé tres
días, en los cuales aprendí muchísimo pero también me enfrenté a situaciones
que jamás pensé experimentar. Todo esto lo descubrirán en los tres capítulos
escritos especialmente para esta etnografía. Así que, sin más preámbulos,
bienvenidos a: “Entre el barro, el miedo y el aprendizaje: una experiencia
que transformó mi forma de ver el mundo”
Capítulo I: Entre
botas prestadas y vacas desconocidas
El viernes 27 de
marzo, me levanté a las 9:00 a.m. con la intención de llegar temprano a la
finca. A las 10:00 a.m. salí de mi casa y tomé la primera flota que me dejara
en Fontanar, ya que me habían dicho que desde allí podía coger la flota hacia
Tabio–Tenjo. Esperé aproximadamente 20 minutos hasta que llegó, me subí y
comenzó el recorrido.
El trayecto duraba
alrededor de 50 minutos, según lo que había visto en Waze, porque, siendo
sincera, yo no conocía muy bien la zona y quería sentirme segura de no
perderme. Me coloqué mis audífonos y comencé a disfrutar del viaje; aunque era
un poco largo, en comparación con los viajes que hago a Ubaté, se sentía más
corto.
Durante el camino me
dio sueño, pero desperté con la llamada de mi novio, quien quería saber en
dónde estaba, ya que él me recogería en Tenjo. Cuando llegué, me bajé del bus y
lo esperé en el paradero. Al poco tiempo llegó en moto. Aunque no me gusta subirme
en motos porque me parecen peligrosas, decidí hacerlo, no solo por él, sino
también por la experiencia que estaba viviendo.
Me puse el casco,
acomodé mi maleta y arrancamos. No puedo negar que el paisaje era muy lindo: el
sol acompañaba el recorrido, había zonas verdes muy amplias y la carretera no
estaba congestionada. Nos demoramos aproximadamente 15 minutos desde el pueblo
hasta la finca.
Mi primera impresión
de la finca fue que era bastante grande. Tenía una puerta o rejilla de color
café y, al entrar, lo primero que vi fue una casa de color amarillo con techo
rojo, que resaltaba mucho en medio del paisaje. A la derecha se encontraba el nombre
de la finca: “PROM”, que significa “pueblo gitano”, ya que los dueños son de
allá.
Apenas entramos,
varios perros se acercaron a recibirme de manera muy efusiva: Negrita, Manchas,
Búho y Napo. Todos eran muy cariñosos y me hicieron sentir bienvenida desde el
primer momento.
Llegamos
aproximadamente a la 1:00 p.m. y todos los trabajadores estaban almorzando. Me
dio un poco de pena porque era la única mujer, aparte de la señora que
preparaba las tres comidas del día, y también la más joven del lugar. Sin
embargo, mi novio me presentó y explicó que iba a acompañarlos durante tres
días como parte de una investigación. Todos me recibieron con amabilidad y me
dieron la bienvenida.
Almorcé con ellos;
éramos siete personas: seis hombres y yo. En ese momento me sentí pequeña, más
de lo que ya soy, pero entendí que esa sensación también hacía parte de la
experiencia.
Después llegaron los
dueños de la finca, Harol y Fernando. Mi novio ya les había comentado
previamente sobre mi estadía, y ellos habían aceptado sin problema. Cuando los
conocí, me saludaron muy amablemente y me dijeron que esperaban que mi
experiencia fuera de mi agrado.
Luego me mostraron el
cuarto donde me iba a quedar. Me explicaron que, por lo general, ese trabajo es
realizado por hombres y no están acostumbrados a recibir mujeres, por lo que
habían dispuesto un espacio solo para mí, con el fin de que me sintiera cómoda.
Agradecí mucho ese gesto, ya que no quería incomodar a nadie.
Después de instalarme,
mi novio me avisó que debía prepararme, ya que, si quería vivir la experiencia
completa, tenía que trabajar como todos. Aunque él sería quien me enseñaría,
eso no calmaba del todo mi preocupación, ya que no tenía ningún conocimiento
sobre el trabajo en finca. Aun así, estaba dispuesta a aprender.
Organicé mi ropa
siguiendo sus recomendaciones: llevar solo lo necesario, ropa cómoda y que se
pudiera ensuciar. Empaqué tres mudas, una pijama térmica porque hacía mucho
frío en la noche, y accesorios para mantener el cabello recogido, ya que lo
tengo largo. Dejé todo en orden, como acostumbro.
Al poco tiempo, mi
novio entró al cuarto y me dijo que mi primera tarea sería ordeñar vacas. No
saben la cara que hice en ese momento. Nunca en mi vida había hecho algo así.
Él se rió, pero también me explicó que me enseñaría paso a paso. Decidí
intentarlo.
Me coloqué un saco
negro, un yogger beige y unas botas que me prestaron para no ensuciar mis tenis
blancos. Luego fuimos hacia el lugar del ordeño. Cuando llegamos, vi
aproximadamente 45 vacas como se ve en la Figura 1 y 2. Antes eran 60, pero 15
habían sido llevadas a Facatativá. Aun así, para mí eran demasiadas. Nunca me
había imaginado ordeñando una vaca, pero ya estaba ahí.
Figura1
En el ordeño estábamos
cuatro personas: Jonathan, el mejor amigo de mi novio; Juan Camilo, su sobrino;
mi novio; y yo. Me explicaron que había seis espacios para ordeñar simultáneamente
con una máquina. Las pezoneras se conectaban a las ubres de las vacas y
permitían que la leche pasara directamente a las cantinas.
Yo iba a reemplazar a
Juan Camilo. Estaba muy nerviosa, pero asumí el reto. Primero debía amarrar las
patas de la vaca con una cuerda. Me demoré aproximadamente 10 minutos
intentando hacerlo, porque me daba miedo lastimarla. Sin embargo, lo logré. Luego
tomé las pezoneras y comencé a colocarlas. Pensé: nadie va a creer que estoy
haciendo esto. Pero, curiosamente, empecé a sentirme bien. Logré ordeñar
cinco vacas. Puede que no parezca mucho, pero para ser mi primer día, fue un
gran logro.
Al finalizar, cargamos
las cantinas en la camioneta. En total, se obtuvieron seis cantinas de leche,
lo cual, según ellos, había sido un buen día. A las 5:00 p.m. terminó la
jornada. Al regresar, los jefes me felicitaron por mi primer día, lo cual me
hizo sentir orgullosa.
Sin embargo, esa
experiencia también me llevó a cuestionarme varias cosas: ¿Por qué en este tipo
de trabajos la presencia femenina es tan limitada? ¿Se trata realmente de falta
de capacidad o de construcciones sociales que han definido históricamente estos
roles?
¿Cuántas mujeres podrían desempeñar estas labores si tuvieran la oportunidad de
hacerlo?
Se percibe un ambiente
que, en cierta medida, puede considerarse machista, ya que la mayoría de las
labores son realizadas por hombres. Si bien es cierto que algunas tareas
requieren fuerza física, esto no significa que las mujeres no sean capaces de
realizarlas.
Aquí surge otra
reflexión importante: ¿Hasta qué punto las limitaciones que enfrentan las
mujeres en estos espacios son físicas, y hasta qué punto son sociales y
culturales? ¿Qué pasaría si más mujeres decidieran involucrarse en estos
trabajos?
Esta investigación
también se convierte en una forma de demostrar que, con esfuerzo, las mujeres
pueden desempeñar cualquier labor. Después de esta jornada, regresé al cuarto,
me bañé y me puse mi pijama térmica. Luego fui al comedor, donde cené arepa con
arroz y chocolate. Lavé mi plato y acompañé a mi novio a apagar las luces del
establo, que quedaba al otro lado de la finca.
Antes de dormir, me
dijeron que debía descansar bien porque al día siguiente tenía que levantarme a
las 4:00 a.m. para ordeñar nuevamente.
En ese momento pensé: ¿Qué
significa realmente salir de la zona de confort? ¿Estoy preparada para
sostener este ritmo durante los próximos días? ¿Cuántas personas viven
esta rutina todos los días sin cuestionarla?
Eran apenas las 9:00
p.m. cuando me acosté. El cansancio era evidente, pero también lo era la
incertidumbre de lo que vendría al día siguiente.
Capítulo II:
Madrugar para entender lo invisible
Sonó la alarma a las
3:45 a.m. un sábado, para ser más específica, el 28 de marzo. Tenía demasiado
sueño. Sabía que ordeñaban en la mañana y en la tarde, pero nunca imaginé que
fuera tan temprano.
Me coloqué la misma
ropa del viernes, me hice una cebolla en el cabello y me puse una gorra antes
de salir del cuarto. Mi novio me dio una chaqueta porque estaba haciendo
demasiado frío, y me ofrecieron aguapanela caliente para poder calentarme un
poco.
Luego nos dirigimos al
ordeño e hicimos el mismo proceso del día anterior: pasar las vacas de a seis,
amarrarles las patas, colocar las pezoneras y repetir el procedimiento. Sin
embargo, esta vez hubo un factor que marcó completamente la experiencia: el frío.
El frío era
impresionante. Mis dedos estaban completamente congelados, sentía que no podía
moverlos con facilidad y mi cuerpo estaba tenso por la temperatura. En ese
momento me cuestioné: ¿Cómo influye el entorno físico como el frío extremo en
la manera en que las personas trabajan y viven su día a día? ¿Qué tanto
valoramos realmente el esfuerzo que hay detrás de actividades que parecen tan
simples como tomar un vaso de leche?
A pesar del frío,
logré ordeñar 8 vacas. Hice más que el viernes, lo cual representaba un avance
importante para mí. Mi meta eran 10, pero una de las vacas hacía que las
pezoneras se cayeran constantemente porque no las había colocado bien. Aun así,
aprendí del error y me sentí muy feliz con lo que había logrado.
En medio del cansancio
y el frío, llegué a cuestionar mi decisión: ¿Por qué no me quedé en mi cama
descansando como cualquier sábado? Pero inmediatamente recordé lo aprendido
y comprendí algo fundamental: Toda investigación no solo es una experiencia,
sino un aprendizaje que puede quedarse para toda la vida.
Terminamos el ordeño a
las 6:00 a.m. y se obtuvieron seis cantinas y media de leche, lo que indicaba
que había sido un mejor día que el anterior. Guardamos todo en la camioneta y
regresamos a la finca. Al llegar, me dieron tinto para calentarme. Aunque ya no
hacía tanto frío como a las 4:00 a.m., la temperatura seguía siendo baja.
Luego, mi novio me dijo que debíamos alimentar a las terneras.
Antes de eso, decidí
bañarme y cambiarme de ropa. Afortunadamente, había agua caliente, lo que hizo
el momento mucho más agradable. Me puse un conjunto morado, un saco negro y una
gorra. Esta vez usé tenis. Luego me dieron un tetero para alimentar a tres
terneritas como se evidencia en la Figura 3. Me explicaron cómo hacerlo, ya que
no tenía idea. Aunque se burlaron un poco de mí, también tuvieron paciencia.
Le di tetero a tres
terneras. Fue una experiencia demasiado tierna. Si fuera por mí, lo haría
siempre. Son animales muy dulces, se dejan consentir y son muy juiciosas,
aunque jalan fuerte el tetero, por lo que hay que tener firmeza.
Figura 3
Después, les dimos
comida y pasto. Me enseñaron a hacer cubos de pasto y a colocarlos en unas
mallas para amarrarlos cerca de las terneras. Esta actividad se me facilitó
bastante. Sin embargo, cometí un error: dejé mal cerrada la puerta de una
ternera y se escapó. Tuvimos que salir a correr para atraparla. Yo no podía
parar de reírme mientras corría. Jonathan tomó un lazo y, con mucha habilidad,
logró atraparla.
Algo que me llamó
mucho la atención fue el trato hacia los animales. A pesar de ser un trabajo
exigente, los tratan con cuidado y cariño. Esto me hizo reflexionar: ¿Cómo
se construye el vínculo entre el ser humano y el animal en contextos de
trabajo?
¿Qué diferencia hay entre ver a un animal como recurso y verlo como un ser
vivo que también siente?
Luego nos llamaron a
desayunar. Comí huevos, pan y chocolate. Durante el desayuno, los trabajadores
me preguntaron cómo me estaba yendo y si se me hacía pesado el trabajo. Les
respondí con honestidad: sí, se me hacía pesado, porque no estoy acostumbrada a
este tipo de labores. Ellos me explicaron que el trabajo en una finca es
constante, no se puede detener, porque lo producido se pierde. Cada día deben
dar el 100%. En ese momento entendí algo muy importante: Ahora comprendo por
qué mi novio termina tan cansado, por qué llega, me llama y se duerme. El nivel
de desgaste físico es alto.
Esto me llevó a
cuestionarme: ¿Qué tanto valoramos los trabajos físicos en nuestra sociedad?
¿Qué pasaría si todas las personas tuviéramos que vivir un día este tipo de rutinas?
Después de desayunar,
lavamos las cantinas y las máquinas del ordeño de la tarde. Yo lavaba las
mangueras mientras los demás lavaban las cantinas. Al ser cuatro personas, el
trabajo rendía más. Luego fuimos a recoger pasto para alimentar a las vacas.
Para esto, se utiliza una guadaña manejada por una persona especializada. El
pasto se recoge y se sube a la camioneta.
Cuando manipulé el
pasto, sentí picazón en los brazos. Intenté cubrirme con una capota para no
ensuciarme el cabello, pero no funcionó, ya que el polvillo se esparcía
fácilmente. Esto me hizo pensar: ¿Qué tan preparados estamos realmente para
enfrentarnos a entornos físicos que no controlamos? ¿Cómo cambia nuestra
percepción del trabajo cuando el cuerpo empieza a reaccionar al entorno?
Después fuimos a
alimentar a las cabras. Sí, también tenían cabras. No todas me parecieron
bonitas, especialmente los machos, que además tenían un olor fuerte, la que más
me pareció linda es la que pueden ver en la Figura 4, su nombre es Reina, logré
una linda conexión con ella aparte que ese día dio a luz entonces tenía a su
bebé a su lado, me pareció uno de los momentos más bonitos ver esa cosita tan
pequeña al lado de Reina. Aprendí algo completamente nuevo: ordeñar una cabra.
Me explicaron que debía amarrar una pierna en la parte superior de la rodilla,
ubicarme detrás y ejercer presión en la ubre.
Figura 4
Me tocó separar las
patas con mis piernas y realizar el movimiento de presión constante. Me daba
miedo ensuciarme, pero afortunadamente no pasó. Logré ordeñar una cabra, y eso
me hizo sentir muy feliz. ¿Cuántos aprendizajes dejamos pasar por miedo o
incomodidad?
Más adelante, el
veterinario de la finca nos pidió ayuda para vacunar a las terneras. Mi novio y
su mejor amigo estudian medicina veterinaria, por lo que ya tenían experiencia.
Mi función era marcar con crayón rojo a las terneras vacunadas. En total se
vacunaron 35. No fue fácil, porque pateaban mucho.
El veterinario me
explicó que la vacuna es el mismo virus, pero muerto, y me enseñó cómo
aplicarla de forma subcutánea. Luego me dio la jeringa. Tenía mucho miedo de
lastimar al animal, pero lo hice. Logré vacunar una ternera. En ese momento
pensé: ¿Cuántas barreras mentales nos imponemos antes de intentar algo? ¿Qué
cambia en nuestra percepción cuando pasamos de observar a participar
activamente?
Luego almorzamos
arroz, carne, plátano y jugo de lulo. Tenía mucha hambre. El cansancio era
evidente, y aún faltaba la mitad del día. Después descansamos media hora debido
al calor. Me acosté un momento y noté algo curioso: mis manos estaban ásperas.
Nunca las había sentido así. Luego nos preparamos para el ordeño de la tarde.
Me propuse ordeñar 10 vacas. Era un reto personal.
Realizamos el mismo
proceso, pero esta vez ocurrió algo que para mí era muy incómodo: las vacas
defecan en el mismo lugar, y en un momento me ensucié. Siempre he odiado
ensuciarme, pero en lugar de frustrarme, decidí reírme. Todos también se
rieron, y eso hizo que el momento fuera más llevadero. Logré mi objetivo:
ordeñé 10 vacas. Mi felicidad era inexplicable.
Terminamos la jornada
colocando las cantinas en un tanque de agua para conservar la leche hasta el
día siguiente, cuando llega el camión. A las 5:00 p.m. regresamos. Me bañé y
luego cené una sopa. Estaba completamente rendida. Antes de dormir, pensé:¿Hasta
qué punto esta experiencia está transformando mi manera de entender el trabajo,
el sacrificio y la vida cotidiana?
Programé la alarma y
me dormí.
Capítulo III: Entre
el miedo, el aprendizaje y la transformación
Es 29 de marzo y, al
igual que el día anterior, me levanté a las 3:45 a.m. para alistarme para el
ordeño. Me cambié, salí del cuarto, me dieron tinto y nos dirigimos nuevamente
al ordeño.
El frío seguía siendo
insoportable. No tengo otra forma de describirlo. Mis dedos estaban
completamente congelados. Nos subimos a la camioneta, llegamos y comenzamos con
el mismo proceso de siempre. Sin embargo, esta vez me sentía más cansada.
Mientras ordeñaba,
pensaba en todo el trabajo que realizan estas personas, en lo que hace mi novio
todos los días y en lo duro y desgastante que puede ser este estilo de vida.
Prácticamente no hay tiempo para una vida social. El día gira en torno a los animales
y al trabajo constante. Siempre hay algo por hacer.
Esto me llevó a preguntarme:
¿Qué significa realmente tener “calidad de vida” cuando el trabajo ocupa casi
todo el tiempo?
A pesar del cansancio,
logré ordeñar 10 vacas. Eso significaba que ya había mejorado. No era experta,
pero tampoco era inexperta. Eso me hizo sentir orgullosa. Lo único que no
lograba superar era el frío, pero entendí que también hacía parte de la experiencia.
Terminamos el ordeño y regresamos a la finca, donde entregamos la leche al
camión. Las cantinas pesaban bastante, por lo que necesité ayuda.
Luego me dieron más
tinto. Me di cuenta de que normalmente no consumo café, pero durante esos días
lo hice constantemente. Supongo que es una forma de mantener la energía y poder
seguir el ritmo de trabajo. Después fuimos a alimentar a las terneras. Esta vez
pedí volver a darles tetero. Es una actividad que me encantó. Me parecía
demasiado tierna.
Jonathan me enseñó
algo curioso: debía poner mis dedos índice y medio para que la ternera los
chupara. Al principio me pareció extraño, pero lo hice. Sentí cosquillas,
muchas cosquillas, y también la suavidad de su lengua. Puede sonar raro, pero
fue una experiencia muy bonita.
Luego fuimos a recoger pasto para las vacas. Y fue ahí donde viví uno de los momentos más impactantes para mí: encontré una culebra como se muestra en la Figura 5. Uno de mis mayores miedos. Mi novio la encontró y, para mi sorpresa, la tomó en sus manos y me la mostró. Sentí un miedo impresionante. Grité como nunca. Solo de recordarlo me da escalofrío.
Figura 5
Nunca imaginé vivir
algo así. Esa experiencia me confrontó directamente con mis miedos. En ese
momento me cuestioné: ¿Qué tanto nos limitan nuestros miedos en la vida
cotidiana? ¿Qué pasa cuando no podemos evitar enfrentarlos?
Después de ese
momento, fuimos a desayunar. Más tarde, me dijeron que me iban a enseñar cómo
preparaban el yogurt para venderlo. Esta actividad me emocionó mucho, ya que no
sabía cómo se hacía, y me permitió comprender no solo la técnica, sino también
el valor cultural de esta práctica.
El proceso comenzó
desde el ordeño de la vaca. Pude observar y participar en esta actividad,
entendiendo la importancia de obtener la leche de manera adecuada. Noté que
este momento no solo es productivo, sino también cotidiano y casi ritual dentro
de la dinámica de la finca.
Luego acompañé la
preparación de la leche en un fogón de leña. Mientras se calentaba, surgían
conversaciones informales que evidenciaban cómo este tipo de prácticas están
completamente integradas en la vida diaria. Me llamó mucho la atención que el
punto exacto de la leche no se medía con instrumentos, sino con la experiencia:
saber cuándo está lista al tacto, cuándo está tibia o en su punto ideal.
Cuando se agregó el
yogurt como cultivo, pude participar activamente en la mezcla. Me explicaron
que siempre se guarda una porción del yogurt anterior, lo que demuestra una
lógica de continuidad y autosuficiencia. Este conocimiento no está escrito, se
transmite de generación en generación.
Finalmente, observé el
proceso de fermentación, donde el recipiente se cubre y se deja reposar en un
lugar cálido. Factores como el clima, el calor del fogón y el tiempo se
interpretan desde la experiencia, no desde medidas exactas.
Esta experiencia me
permitió entender que la elaboración del yogurt en la finca no es solo un
proceso alimentario, sino una práctica social que integra saberes
tradicionales, relaciones humanas y una conexión directa con el entorno.
Incluso pude llevar una muestra a mi casa, y la verdad, estaba deliciosa.
Después regresé al
cuarto para bañarme y arreglarme, ya que debía regresar a casa. Organicé todo
tal como me lo habían entregado, alisté mis cosas y fui a almorzar. Todos los
trabajadores me agradecieron por haberlos acompañado, por demostrar que una
mujer también puede realizar este tipo de trabajos, y me dijeron que se
llevaban mi ternura y amabilidad.
Les agradecí
profundamente por el apoyo y la calidez con la que me recibieron. Los dueños de
la finca también me dijeron que siempre sería bienvenida. Me fui con mi novio
hacia Tenjo para tomar el bus. Le agradecí por la oportunidad, por ser un gran
apoyo en mi investigación, pero sobre todo por mostrarme una realidad que no
conocía.
Nunca imaginé que su
trabajo fuera tan duro y exigente. Es un trabajo que requiere esfuerzo
constante, pero que también se hace con amor, especialmente cuando hay una
pasión por los animales y la ganadería. Llegué al paradero, me despedí y
emprendí el camino de regreso a casa.
Durante el trayecto,
comencé a pensar en todo lo que había vivido: ordeñar vacas y cabras, alimentar
terneras, vacunar, recoger pasto, ensuciarme, enfrentar mis miedos, madrugar,
cansarme, aprender, observar, sentir. Todo.
Y entendí que esa era
la verdadera intención de este trabajo: vivir la experiencia en carne propia.
Esto me llevó a una
última pregunta:
¿Cómo cambia
nuestra forma de ver el mundo cuando dejamos de observar desde afuera y
comenzamos a vivir desde adentro?
Esta experiencia
transformó completamente mi manera de entender el trabajo, el esfuerzo y la
vida cotidiana.
Aprendí que hay
realidades que ignoramos simplemente porque no las vivimos. Que el trabajo del
campo no solo es físico, sino también constante, exigente y muchas veces
invisibilizado. Que detrás de algo tan simple como un vaso de leche hay horas
de esfuerzo, frío, cansancio y disciplina.
También entendí que
salir de la zona de confort no es solo hacer algo diferente, sino enfrentarse a
uno mismo: a los miedos, a las limitaciones, a las creencias. Descubrí que soy
más capaz de lo que pensaba. Que puedo ensuciarme, adaptarme, aprender y
superar obstáculos. Y, sobre todo, entendí que las experiencias que más nos
retan son las que más nos transforman.
Hoy puedo decir que no
solo realicé una investigación. Viví una historia. Y sin duda alguna, es una
historia que repetiría.
ATT: BIBIS
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