Entre verdades y máscaras

 

Entre verdades y máscaras

(tomado de La Vanguardia)

Comencé el lunes motivada para ir a mi clase de investigación social. No sé si era el café, el ambiente o simplemente las ganas de aprender algo diferente, pero sentía que ese día iba a salir de clase con una nueva perspectiva. Y así fue. Terminé cuestionándome incluso mis propias verdades.

También debo admitir algo: espero lograr los cinco likes en esta bitácora. Si están leyendo esto, significa que probablemente solo me falta uno más, y honestamente me hace ilusión porque detrás de este texto hay muchas ideas que me dejaron pensando durante todo el día.

Siempre había creído que mentir era algo simple: decir algo falso y ya. Pero después de la clase entendí que el tema es muchísimo más complejo. Literalmente vivimos rodeados de pequeñas actuaciones sociales. Desde responder “estoy bien” cuando claramente no lo estamos, hasta fingir entusiasmo por algo que realmente no nos interesa. Lo más impactante es que muchas veces ni siquiera somos conscientes de esas pequeñas falsedades cotidianas.

Algo que me marcó mucho fue comprender que no toda falsedad es necesariamente una mentira. Suena contradictorio, pero tiene sentido. Para que exista una mentira debe haber intención de engañar y, además, no debe existir un acuerdo previo entre las personas. Pensé, por ejemplo, en las relaciones donde ambas partes acuerdan no compartir ciertos aspectos de su vida privada. Técnicamente no se están mintiendo; simplemente están respetando las reglas que construyeron juntos.

Ahí fue cuando me quedé pensando: ¿qué pesa más, la verdad absoluta o los acuerdos que construimos con los demás? Porque muchas veces creemos que ocultar algo siempre está mal, pero realmente todo depende del contexto. Y eso me dejó confundida, porque entonces la línea entre privacidad, omisión y traición es muchísimo más delgada de lo que imaginaba.

También comprendí que muchas relaciones funcionan más sobre acuerdos implícitos que sobre verdades absolutas. Esa idea se relaciona con lo planteado por Anthony Giddens, quien explica que las relaciones modernas se construyen constantemente a través de la negociación emocional y la interacción social. En cierta forma, las personas crean sus propias reglas afectivas dependiendo de cómo desean relacionarse con los demás y de lo que consideran válido dentro de sus vínculos.

Otra idea que me impactó fue el tema de las emociones falsas. Creo que esa es, probablemente, la mentira más común del mundo. Todos, absolutamente todos, hemos fingido emociones para encajar socialmente. A veces ponemos cara de tristeza cuando alguien cuenta algo malo, aunque en el fondo sintamos alivio porque indirectamente nos beneficia. O sonreímos para evitar conflictos, aunque por dentro queramos explotar.

Me pareció muy interesante entender que el ser humano utiliza máscaras emocionales constantemente y que, muchas veces, esas máscaras funcionan como herramientas de supervivencia social. Esta idea me recordó a Erving Goffman, quien explicaba que en la vida cotidiana las personas actúan como si estuvieran en un escenario, manejando cuidadosamente la imagen que muestran frente a los demás. Y honestamente siento que eso pasa todo el tiempo: elegimos qué mostrar, qué ocultar y cómo queremos que los demás nos perciban.

Después hablamos de los tipos de mentiras y sentí que literalmente existía un “menú” completo. Está la mentira piadosa, probablemente la más aceptada socialmente, porque busca evitar daño emocional. Como cuando alguien pregunta “¿me veo mal?” y, aunque la respuesta real sea sí, preferimos responder algo amable para no herir sus sentimientos.

Luego apareció la omisión, que honestamente creo que es la favorita de muchas personas. Porque técnicamente no estás diciendo algo falso; simplemente decides esconder una parte de la historia. Y eso me hizo pensar muchísimo, porque muchas veces creemos que somos honestos solo porque no pronunciamos una mentira directamente, cuando en realidad el silencio también puede manipular.

Las verdades a medias me parecieron las más peligrosas de todas, y el profesor lo recalcó varias veces. Tienen una base real y precisamente por eso resultan más fáciles de creer. Es como construir una mentira sobre una estructura verdadera. Ahí entendí por qué algunas personas logran engañar durante tanto tiempo: mezclan realidad con ficción y el cerebro humano automáticamente baja la guardia.

También hablamos sobre si hombres y mujeres mienten de forma diferente. Existe el mito de que las mujeres mienten menos, pero lo que aprendimos fue más interesante: al parecer, muchas mujeres suelen identificar y manejar mejor las emociones, lo que les permite disimular con mayor facilidad ciertas expresiones emocionales. No porque sean más mentirosas, sino porque tienen una mayor capacidad para leer señales emocionales y adaptar su comportamiento social.

Y honestamente eso me hizo pensar en todas las veces en las que creemos conocer perfectamente a alguien. Porque realmente el ser humano es experto en actuar. Muchas veces creemos en una versión de las personas simplemente porque es la versión que ellas deciden mostrarnos.

La parte más interesante para mí fue aprender cómo el cuerpo habla incluso cuando la boca intenta ocultar cosas. Siempre había escuchado esos mitos de internet sobre que “si alguien se toca la nariz está mintiendo”, pero entendí que detectar engaños no funciona así. No se trata de interpretar un solo gesto aislado, sino de analizar un conjunto completo de señales.

Ahí apareció el concepto de la Línea Base, explicado por Joe Navarro, que consiste en comprender cómo actúa normalmente una persona antes de interpretar cualquier cambio en su comportamiento. Porque si alguien cruza los brazos, quizá no esté mintiendo; tal vez simplemente tiene frío o se siente cómodo así. El problema es que muchas veces juzgamos conductas aisladas sin analizar el contexto.

Para evitar eso aprendimos la regla de las 4 CEs, que honestamente me pareció demasiado útil: el contexto, para entender dónde estamos y qué está ocurriendo; la congruencia, para analizar si la expresión facial, el tono de voz y las palabras coinciden entre sí; la consistencia, para observar si la persona mantiene el mismo comportamiento o cambia dependiendo de la situación; y el conjunto, que implica no quedarse con una sola señal, sino interpretar el paquete completo de conductas.

Muchas veces juzgamos demasiado rápido a las personas por pequeños nervios o comportamientos mínimos. De hecho, hablamos del llamado Error de Otelo, concepto relacionado con los estudios de Paul Ekman. Este sesgo cognitivo explica cómo las señales de estrés o miedo de una persona inocente pueden confundirse con indicios de culpabilidad.

Ocurre cuando el observador como sucede con Otelo ignora que el miedo a no ser creído produce reacciones emocionales muy similares al miedo de ser descubierto mintiendo. Básicamente, creemos que alguien miente solo porque está nervioso, cuando en realidad podría estar diciendo la verdad y simplemente tener miedo de no ser escuchado o comprendido.

Esa parte me golpeó muchísimo porque pensé en todas las veces en las que probablemente juzgué mal a alguien solo porque no sabía expresarse bien o porque se veía ansioso. Comprendí que los nervios no siempre significan culpa. A veces también representan miedo, presión emocional o desesperación por ser entendido.

Y tiene sentido. Cuando el cerebro se siente amenazado, entra en modo supervivencia. La amígdala cerebral se activa y el cuerpo reacciona automáticamente: algunas personas se congelan, otras huyen y otras se ponen agresivas. Por eso, cuando alguien está mintiendo o incluso cuando teme ser juzgado injustamente, puede reaccionar de forma exagerada ante preguntas simples. El cuerpo literalmente siente estrés porque sostener una mentira o defender una verdad bajo presión requiere muchísima energía mental.

Pero también entendí algo importante: no existe una fórmula mágica para descubrir mentiras. Y eso me pareció valioso, porque hoy en día muchas personas creen que pueden “leer mentes” viendo videos de TikTok sobre lenguaje corporal, cuando realmente el comportamiento humano es demasiado complejo para reducirlo a un solo gesto.

La última parte de la clase fue probablemente mi favorita: las microexpresiones desarrolladas por Paul Ekman. Me pareció increíble pensar que las emociones reales pueden escaparse durante milésimas de segundo antes de que logremos controlarlas conscientemente. Son expresiones rapidísimas de miedo, tristeza, asco o sorpresa que aparecen antes de que alguien vuelva a colocar su “cara social”.

Es como si la verdad intentara salir, aunque el cerebro quiera esconderla.

También hablamos de señales verbales. Por ejemplo, cuando alguien cambia accidentalmente de tiempo verbal, ofrece demasiadas explicaciones innecesarias o empieza a justificar cosas que nadie preguntó. Y, por supuesto, los famosos movimientos pacificadores: tocarse el cuello, jugar con el cabello o acomodarse la ropa para liberar tensión emocional.

Al final de la clase me quedé pensando en algo extraño: mentir parece ser una parte inevitable del ser humano. No porque seamos malas personas, sino porque constantemente intentamos protegernos emocionalmente, evitar conflictos o encajar socialmente. Creo que todos maquillamos un poco la realidad.

Pero entonces surge una pregunta complicada: ¿realmente queremos saber siempre la verdad? Porque suena bonito decir que sí, pero la verdad también duele. A veces preferimos pequeñas mentiras que sostienen relaciones, amistades o incluso nuestra propia estabilidad emocional. Tal vez por eso las mentiras existen desde siempre: porque el ser humano no solo necesita honestidad, también necesita protección emocional.

Salí de investigación social pensando que entender las mentiras es, en cierta forma, entender la naturaleza humana. Y honestamente siento que después de esta clase voy a empezar a observar muchísimo más a las personas… y también a mí misma.

ATT: BIBIS

Referencias

Telling Lies
Ekman, P. (2009). Telling Lies: Clues to Deceit in the Marketplace, Politics, and Marriage (4th ed.). W. W. Norton & Company.

What Every BODY Is Saying
Navarro, J., & Karlins, M. (2008). What Every BODY Is Saying: An Ex-FBI Agent’s Guide to Speed-Reading People. HarperCollins.

The Presentation of Self in Everyday Life
Goffman, E. (1959). The Presentation of Self in Everyday Life. Anchor Books.

Modernity and Self-Identity
Giddens, A. (1991). Modernity and Self-Identity: Self and Society in the Late Modern Age. Stanford University Press.

 

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